Volkswagen y la caca de perro

volkswagen-logoLa prestigiosa revista de actualidad satírica El Jueves tiene la costumbre de elegir su portada semanal entre varios bocetos. Luego, en la misma revista, publica algunos de los descartes, en su mayoría tan descacharrantes como la portada definitiva. Sin ánimo de compararme con este referente de la cultura underground, para este post sobre la RSC o RSE (Responsabilidad Social Corporativa o Empresarial, que de los dos modos se llama a la cosa) había pensado en títulos como “Entre todos la mataron, y ella sola se murió”, y también en “No estaba muerta, estaba de parranda”. Al hilo del reciente escándalo de las emisiones de Volkswagen, son muchas las voces que han dado por muerta o fracasada la responsabilidad social empresarial, ya que el fabricante alemán (ya saben, de ese país tan serio, organizado y eficiente) se ha convertido en la confirmación y ejemplo máximo de que las empresas:

a) no se preocupan por los temas sociales

b) si lo hacen, es sólo en su propio beneficio, como estrategia de marketing o para lavar la imagen de la empresa, normalmente deteriorada por otras causas variadas

c) no les importa engañar, sobornar y mentir al más alto nivel siempre que con ello se maximice el beneficio

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Imagen: El Jueves

Qué malignas, las empresas, cargándose el medio ambiente. En España, como la ecología es una de nuestras grandes prioridades, se ha reaccionado con contundencia, desde el primero al último. Los gobiernos central y regionales implicados le han pedido a Volkswagen que por favor no deje de fabricar en el país, que si hace falta se le pueden dar más subvenciones. Los afectados por el fraude han reclamado… que si sus vehículos son llamados a revisión y sometidos a algún tipo de intervención, no pierdan potencia. Y los consumidores han reaccionado convirtiendo a Volkswagen en líder de ventas en 2015, seguido de Seat, también del grupo.

Vamos, que la ecología nos la sopla, con perdón. Que una empresa (o un particular) contaminen alegremente se denomina, en argot económico, una “externalidad”. Significa que una actividad genera unos costes (en este caso ambientales) que no son asumidos por aquel que los produce, sino por el conjunto de la sociedad. Es decir, que si se rompe, mancha o contamina algo que es de todos no pasa nada, porque no es mío. Las muestras de esta creencia tan arraigada son abundantes en nuestra vida diaria: si no lo creen, miren a su alrededor en el espacio público y cuenten cacas de perro. Gente que seguramente tiene su casa limpia como una patena, saca a su fiel amigo a pasear, “olvidando” restos biológicos en aceras y parques que, por cierto, suelen compartir con los cachorros humanos.

Parece evidente que es necesario asignar el gasto a quien le corresponde. Un ejemplo son las bolsas de plástico que el supermercado proporciona para llevar la compra. Dado que su uso genera un impacto ecológico negativo, alguien debe pagar por él, y se decide cobrárselo a los consumidores. En parte para desalentar su utilización, y en parte para repercutir el gasto a quien lo genera: si quieres una bolsita, que es más cómodo que traerte la tuya de casa, pues vengan cinco céntimos. Una medida drástica y radical, ¿verdad? Yo tiemblo cada vez que voy sin bolsa, oigan.

Sin embargo, parece una buena línea de trabajo: concienciar, regular, y si no cumples, palo que te avío. Así, se diseñan normativas que previenen los comportamientos de uso inadecuado de lo público, así como sanciones para quien no las cumple, aunque en el caso del medioambiente parece que se aplican con bastante relajo. En cambio, lo de concienciar parece que lo llevamos peor, porque normalmente nos puede el egoísmo y la comodidad. Somos conscientes de que el ecosistema está en grave riesgo, pero no conseguimos, o no nos interesa, relacionarlo con nuestros hábitos personales: el calentamiento global no se debe a mi coche, sino a que “la gente” posee demasiados coches, y de esto la culpa la tienen los inútiles gobiernos y las pérfidas empresas. Y vuelta al principio.

En todo caso, y respecto al tema inicial, parece que la mayoría de empresas opta por dar la razón a quienes afirman que la RSC ha muerto: cuando hacen algo en favor de la sociedad, no actúan por responsabilidad, sino por obligación y/o interés. Vaya, ahora resulta que las empresas están ahí para ganar dinero… Seguramente algunos (venga, vale, vamos a poner muchos) empresarios no están exentos de ética, pero mientras ésta siga siendo voluntaria por definición, no podemos contar con ella para resolver el problema.

Portada de la revista INC

Dan Price. Foto: Revista INC

En abril de 2015, el empresario americano Dan Price aumentó el sueldo de todos sus empleados, de modo que la mayoría pasó a ganar unos 70.000 dólares. Aunque afirma que lo hizo por sentirse moralmente obligado, resultó ser una excelente campaña de marketing, que le hizo mundialmente famoso, le proporcionó innumerables clientes, un aluvión de solicitudes de trabajo y un aumento del 40% en la productividad de sus empleados. Claro, es un caso extremo y ya veremos cómo acaba, pero está claro que la motivación de los trabajadores redunda en beneficio de la empresa. Y la motivación no es sólo económica, existen muchos modos de aumentar el bienestar de los empleados: por ejemplo, se puede captar y retener mucho talento proporcionando flexibilidad para conciliar la vida familiar con el trabajo. Y aún hay más: algunas personas hasta podríamos sentirnos identificados con nuestras empresas si vemos que promueven nuestros mismos valores: la solidaridad, la defensa del medio ambiente, el patrocinio cultural…

Dicen que, en una galaxia remota, hay empresas que ya han asumido que el bienestar de sus empleados es una inversión rentable que produce dividendos en forma de motivación, proactividad, descenso del absentismo y aumento de la productividad. ¿Qué opinan? ¿Hay una segunda vida para la RSC? ¿Estaba muerta, o tomando cañas, lerelerele?

PD. Si tienen perro, hagan el favor de no olvidarse de… ya saben.

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